
Salgo del coche de policía, sintiendo en mis muñecas el frío tacto de las esposas. Atravieso la puerta de la comisaría escoltado por 4 hombres uniformados. No hay preguntas, ni identificación. Nadie me lee mis derechos, ni rastro del "tienes derecho a permanecer en silencio". Me llevan abajo, a las celdas.
Abren una de las puertas y me invitan a entrar. No hay violencia, ni malos modos. Todo esto es muy extraño.
Entro, obediente, y cierran la puerta tras de mí. Estoy encerrado. En la esquina de la celda, un tipo de aspecto peculiar me mira fijamente.
- Bienvenido al infierno.
- Hola.
-¿Qué haces aquí?
- Necesitaba unas vacaciones...
-Vaya, así que vas de tipo gracioso...¿nunca te han contado lo que les hacen a los graciosos en prisión?
Me lanzo hacia él y agarro su escuálido cuello.
-Ha sido un día horrible, y me encantaría que me dieras una excusa, por pequeña que fuera, para pagarlo todo contigo, así que, por tu bien, no molestes.
-De acuerdo, de acuerdo, no te enojes.
Lo suelto. He ganado.
-No digas esa palabra.
-Cual,¿enojar?
-No la digas. Me da asco.
-Perfecto,lo que tu digas...seamos amigos.¿Porqué estás aquí?
-No lo se.Soy inocente.
-Claro claro,aquí todo el mundo es inocente, perdóname por dudar...¿Quieres que te diga porqué estoy aquí?
-Lo vas a decir de todas formas, así que dispara.
-Me cague en un árbol.
-¿Y por eso te encierran?
-Ese árbol tenía amigos muy influyentes.
-Es difícil de creer.
-Bueno, yo me he creido lo de tu inocencia,así que podrías hacer un esfuerzo.
Touché. No es mal tipo, después de todo. Y recuerda Mike, hay que tener amigos hasta en el infierno.
Oigo unos pasos que bajan hacia aquí.Tres hombres. Dos de ellos usan zapatos baratos, probablemente los que vienen de serie con el uniforme de policía. El otro lleva unos mocasines de los caros. Un tipo importante,o al menos eso se cree él. Tiene un chicle pegado en el tacón del zapato derecho. Sabor hierbabuena,creo. Pasan por todas las celdas, y se detienen justo delante de la mía.
Michael Jefferson. Comisario. Grande,gordo,presuntuoso y corrupto hasta la médula. Ha cambiado muy poco estos años. Su enorme y grasiento bigote sigue decorando su oronda cara. En la comisaría era conocido por Morsa Jefferson, apodo que, por supuesto no le hacía ninguna gracia. Fue una de las razones por las que dejé el cuerpo. Si Michael está aquí, sólo puede significar una cosa: Problemas.
A su lado, dos agentes de policía me miran fijamente.
-Mira a quien tenemos aquí...me averguenza ver en lo que te has convertido, Stepanev.
-Hola, comisario Mors...digo Michael. Ha llovido mucho desde la última vez que nos vimos.
-No en Etiopía. Allí llueve más bien poco. Ven con nosotros, tenemos una confesión que firmar.
-Va a ser difícil, comisario.Soy inocente.
-Lo sé Mike, pero no me importa. Te aseguro que en cuanto te sentemos en la silla de interrogatorios y te presentemos al Sargento Nudillos, te van a entrar unas ganas terribles de declararte culpable.
- Ya conozco al Sargento Nudillos, se licenció conmigo en la academia. Un tipo agradable. Hace una exquisita lubina a las finas hierbas.
-Bueno, entonces te moleremos a palos.
-Hace falta mucho más que 2 matones en uniforme para doblegar a Mike J. Stepanev, y deberías saberlo.
-Tan gallito como siempre...veremos si sigues igual dentro de un par de horas.
Abren la puerta, me agarran y me empujan hacia afuera.Mientras me arrastran hacia la sala de interrogatorios, puedo oir cómo mi compañero de celda chilla como un loco. No te preocupes, amigo. Volveré.